
“El capitán no gritó; solo señaló el mástil. Y el marinero supo que iba al carajo.” Imagen I.A.
Luis Fernández de Córdoba y Arce, capitán del mar y del viento.
En los días en que los océanos eran dominios del valor y la madera, cuando los navíos españoles cruzaban los mares como catedrales flotantes, vivía Luis Fernández de Córdoba y Arce, marino de linaje noble y temple de acero. Sirvió en la Armada de Su Majestad en los últimos años del siglo XVII, tiempo de tormentas, corsarios y disciplina férrea.
Decían sus hombres que el capitán Luis tenía más sal en la sangre que el propio mar. Era justo, pero implacable. En su navío, la obediencia era ley y el castigo, ejemplo.
Cuando un marinero osaba responder insolente, dormirse en guardia o negarse a cumplir su turno en el bauprés, el capitán no levantaba la voz: solo decía con tono grave y seco:
—¡Al carajo con él!
El “carajo” no era una grosería entonces. Era el nombre que en la mar recibía la pequeña canastilla o cofa situada en lo alto del palo mayor, el punto más alto del navío, donde el vigía se mantenía aferrado a las cuerdas, zarandeado por el viento y el vaivén de las olas.
Allí, a treinta o cuarenta metros sobre cubierta, el marinero castigado pasaba horas —a veces días— sin abrigo ni descanso, sufriendo el frío, el vértigo y la soledad.
Luis Fernández de Córdoba había aprendido ese castigo en las galeras del Mediterráneo, donde los capitanes veteranos lo consideraban una forma de humillación ejemplar. No había peor pena que “irse al carajo”, porque equivalía a ser apartado del resto, desterrado al punto más inhóspito del navío.
Los cronistas del mar cuentan que durante una travesía rumbo a Veracruz, un joven grumete murmuró entre dientes contra su capitán. Luis lo miró, callado, y señaló el mástil.
—“Sube al carajo… y que el viento te enseñe respeto.”
El marinero obedeció, temblando. Horas más tarde, empapado por la lluvia y aterido por el viento, bajó suplicando perdón. Desde entonces, ningún hombre del San José de la Victoria volvió a replicar una orden.
Con los años, la expresión “¡Vete al carajo!” salió de los barcos y se extendió por las tabernas portuarias y los pueblos de la costa. El pueblo marinero la convirtió en una frase de desprecio y expulsión, sin saber que, en su origen, había sido un castigo naval real, impuesto por hombres como el capitán Fernández de Córdoba y Arce.
Y así, cuando hoy alguien dice con desdén “¡Váyase al carajo!”, aún resuena, perdido entre las olas del tiempo, el eco de aquel mando firme, el de un marino español que hizo del mástil su tribunal y del viento su juez.
Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.
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