CONQUISTA DE LOJA, LOXA

Grabado de la ciudad de Loxa

Como toda historia, dependiendo de quién la cuente, tiene sus variantes: a favor o en contra de algún bando o personaje. Pero para narrar la conquista de Loja me baso en un manuscrito hallado en el Archivo de Loja por el archivero Alberto Izquierdo en 2001. Su autor: D. Guzmán de Berlanga. Del bando de los vencidos y totalmente imparcial.

Capítulo I. Narración de Berlanga.

La primera vez que vi Loja, pendían de sus murallas, atados por las piernas, una docena de caudillos del Rey Muley Hacén. Era primavera, pero el aire olía a acero. Las huestes de Al-Zagal hostigaban sin descanso la ciudad, pues Alí-Atar, se había aliado con Boabdil en la sangrienta disputa que el joven sostenía contra su padre y su tío por el trono de Granada.

La ciudad ardía en disensión. Granada se desangraba entre hermanos, y el poder se disputaba más en callejones que en campos de batalla. Entretanto, los cristianos marchaban con una fuerza que no se recordaba desde los días de Alfonso el Sabio: setenta mil hombres, decían, se acercaban desde Antequera, Archidona y la Vega.

Yo acompañaba entonces a mi señor, Ben-Maj-Kulmut, sabio real, matemático y astrólogo de la corte de Boabdil. Íbamos con un centenar de soldados de la guarnición del castillo de Íllora, enviados con urgencia tras la caída de Alhama y la orden real de acudir sin demora a Loja. Sabíamos que aquella plaza era la última esperanza del Reino Nazarí: si caía, Zagra, Montefrío, Moclín, Íllora y, en último término, Granada misma, seguirían su destino.

Aquel día los estandartes ondeaban desde las almenas con invocaciones al Altísimo y citas del Profeta. Jinetes, milicias, arqueros y ballesteros llegaban de todas las plazas cercanas. Al cruzar el puente del Genil, vimos reatas de mulas arrastrando ingenios de guerra y fogoneros templando herraduras. El molino, antaño próspero, se había convertido en hospital improvisado. La cuesta que subía hacia la vieja mezquita de la Medina Baja bullía de hombres y bestias.

Fue entonces cuando un carro cargado de útiles de fragua se soltó del tiro. Bajó a toda velocidad, rechinando sobre el empedrado hasta estrellarse contra el muro del patio de abluciones. Tres soldados de la guardia del capitán Ibn-Yusuf quedaron atrapados bajo sus ruedas. Sus alaridos partían el aire y la sangre corría entre los pies del gentío. Hicieron falta tres caballos para liberar los cuerpos destrozados.

Entramos en la ciudad por la puerta de abastos y nos dirigimos al zoco, donde se almacenaban víveres para resistir el asedio: trigo, carne curada, frutas secas, caza y ánforas de aceite. Todo custodiado por la guardia personal del Rey. La ciudad estaba organizada en tres niveles: la Medina Baja, habitada por la plebe; la Medina Alta, con su mezquita y los gremios; y en lo alto, el castillo —la Alcazaba— donde vivían los sabios, nobles y el propio rey.

Fuimos llevados ante Alí-Atar, en unas dependencias austeras, sin lujos, desde donde se dominaba el horizonte. Al ver a mi señor, el viejo alcaide se levantó y lo abrazó:

—Ben-Maj-Kulmut, amigo. Dios te envía para iluminar nuestra desgracia.

—Soy siervo de la voluntad de mi amo, el Rey. ¿Cuál es la situación?

Alí-Atar oteaba hacia Granada y más allá, como buscando una señal en el cielo.

—El Rey Fernando ha plantado su campamento a doce leguas. Ha traído consigo a albañiles, a repobladores, y hasta a escribanos. Saben que tomarán la ciudad. Nosotros respondemos con arqueros y hambre.

Mientras tanto, en los aposentos perfumados del Rey, Boabdil se reunía con sus capitanes Abd-Allah y Abu-Walid. Discutían si enfrentarse a las tropas castellanas en campo abierto o negociar. El joven rey, taciturno, inclinaba la balanza hacia la rendición. Había recibido mensajeros del Rey Fernando y confiaba en hallar una salida digna.

Al ver a mi amo, lo saludó con aprecio:

—Maestro, ¿qué dicen los astros?

Ben-Maj-Kulmut, cuya biografía merece capítulo aparte, había sido tutor de la princesa Moraima, devota de sus predicciones. Su palabra pesaba más que la de los ulemas. Esa noche, al observar la conjunción de Venus con Saturno, pronosticó que «la ciudad sobreviviría, mas no en manos del islam».

Así, el consejo acordó parlamentar mientras llegaban los restos del ejército de Alhama y los caballeros de Granada. Pero ya era tarde. El cerco estaba echado. Y sobre los muros de Loja comenzaban a dibujarse las sombras del fin.

Capítulo II. La caída de Loja y la voz del Rey.

En la primavera de 1486, el estruendo de los carros de artillería anunciaba una nueva ofensiva en la guerra de Granada. Desde Córdoba, el ejército real, encabezado por Fernando el Católico, avanzaba hacia la estratégica ciudad de Loja. A su lado, como siempre que la causa lo requería, marchaba Gonzalo Fernández de Córdoba, todavía sin el título glorioso de «el Gran Capitán», pero ya convertido en la piedra angular de las campañas más delicadas.

Loja no era una plaza cualquiera. Era la llave del Reino Nazarí. Sus murallas, encaramadas sobre un terreno abrupto en el valle del río Genil, constituían paso obligado hacia Granada. Dentro, Boabdil resistía con sus últimas lealtades. Pero la suerte ya solo tenía un camino.

Tras establecer el campamento el 21 de mayo, Fernando lanzó el ataque a los arrabales, y el lunes 29, bajo el fuego devastador de la artillería, Loja se rindió. El Rey escribió desde el campamento una carta triunfante a Castilla y a la reina Isabel:

“E yo, visto la çibdad ser tan fuerte, e de las más principales de todo el reyno, puerto y guarda y laue de aquél… se me entregó la cibdad, libre e desenbargadamente.”

Pero tras la retórica cristiana de cruzada y fervor, se ocultaba una operación diplomática de precisión. Gonzalo no solo fue brazo militar, sino también cerebro negociador. Las fuentes más fiables, como el testigo directo Hernán Pérez del Pulgar, lo sitúan como la única figura capaz de abrir las puertas de Loja sin masacre, con un pacto honorable y la garantía de respeto para los vencidos.

Boabdil confiaba en él. Desde su cautiverio tras la batalla de Lucena, había visto en Gonzalo algo distinto: moderación, cortesía y una mezcla de firmeza y empatía. No era un noble de frontera, rudo y sediento de sangre, sino un hombre de Estado en formación.

La crónica de D. Guzmán de Berlanga lo confirma: cuando los embajadores castellanos, encabezados por Gonzalo y el marqués de Cádiz, fueron recibidos en audiencia por Boabdil, fue el de Córdoba quien mantuvo la templanza ante los gritos airados de Hamet el Zegri. Y fue a él a quien se dirigió Alí-Atar cuando entregó el cofre que simbolizaba la capitulación.

Así, Loja cayó sin convertirse en ruina. Y en ese pacto sellado entre dos mundos emergió el verdadero rostro del Gran Capitán: el del guerrero que sabía cuándo luchar y cuándo hablar. El que, por primera vez, habló por boca de su Rey.

Rendición de Boabdil en Loja 1486

Capítulo III. La verdad entre líneas.

La historia suele escribirse desde los tronos y las cancillerías, al dictado de la conveniencia del vencedor. Pero a veces, una voz silenciosa, un testimonio inadvertido, arroja luz sobre lo que las versiones oficiales han preferido oscurecer. La conquista de Loja es uno de esos episodios.

Durante años, el manuscrito de D. Guzmán de Berlanga permaneció olvidado en el Archivo de Loja, hasta que en 2001 fue hallado por Alberto Izquierdo. Se encontraba en una caja sin catalogar, entre legajos notariales y papeles dispersos. El cuaderno, cosido burdamente con hilo púrpura, llevaba en su portada las inscripciones “Toledo 1873” y una lista de ciudades que permite reconstruir su itinerario hasta el Archivo de Simancas en 1942.

Con ayuda del profesor Francisco de la Tizne, catedrático de lenguas clásicas en la Universidad de Valladolid, se emprendió una delicada labor de transcripción. El texto, redactado en castellano arcaico, incluye anotaciones en árabe, hebreo y latín. La edición ha respetado su literalidad tanto como ha sido posible.

¿Quién fue Guzmán de Berlanga? Al parecer, un caballero castellano de linaje menor, que, capturado en su juventud, vivió como esclavo al servicio de Ben-Maj-Kulmut. En esa condición fue testigo directo —y neutral— de los hechos de 1486.

En su relato, Guzmán no idealiza. Habla de los excesos cometidos por ambos bandos. Pero cuando narra la capitulación, es claro: Gonzalo Fernández de Córdoba fue quien logró la confianza de Boabdil. A diferencia de las crónicas cortesanas como la de Hernando del Pulgar y algunos otros, qué dan por negociadores a Alfonso Fernández de Córdoba, hermano de Gonzalo, y al Duque de Cádiz, el manuscrito de Berlanga ofrece una visión honesta, sin censuras ni adulaciones.

Así, la figura de Gonzalo emerge no solo como estratega militar, sino como mediador político, capaz de representar —con dignidad y respeto— la voz del Rey en tierra enemiga. En sus palabras empieza a formarse el mito del Gran Capitán.

Esta experiencia prefigura el papel decisivo que desempeñará años después en la rendición de Granada, donde confirmará sus dotes diplomáticas y su capacidad para conjugar firmeza con respeto.

En Loja comienza a florecer una gran figura: Gonzalo Fernández de Córdoba y Herrera. Ironías del destino, será también en esa ciudad donde empezará su ocaso. Allí mismo será desterrado, y allí marchitará, ya con el sobrenombre eterno del Gran Capitán. Olvidado por su rey, sí; pero no por la historia universal.

Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero

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