
Escudos Fernández de Córdoba (Cabra), y Padilla.
JUANJO CALZADA
– viernes, 18 de diciembre de 2020.
La Capilla de Santa Ana de la Catedral de Burgos y la memoria nobiliaria de los Duques de Abrantes y Fernández de Córdoba
En la penumbra dorada del crucero norte de la Catedral de Burgos, se abre una de las joyas más singulares del gótico final castellano: la capilla de Santa Ana, un espacio que resume, en piedra, escultura y heráldica, la historia de varios linajes que marcaron la evolución del poder nobiliario hispano desde la Baja Edad Media hasta el siglo XIX.
Fundada por el deán García Fernández de Castro a fines del siglo XV, la capilla acabaría convirtiéndose en el panteón funerario de los Duques de Abrantes, herederos por línea de los Carvajal y emparentados con los Fernández de Córdoba y los Téllez-Girón, casas que enlazan la nobleza de Castilla y Andalucía en una misma genealogía de memoria y prestigio.
Una fundación de linaje: el deán García Fernández de Castro.
El origen de la capilla se remonta a la última década del siglo XV, cuando el deán García Fernández de Castro, miembro de uno de los linajes más antiguos del reino de León, decidió erigir un oratorio dedicado a Santa Ana, la madre de la Virgen, para albergar su sepultura y perpetuar la memoria de su casa.
La obra fue confiada a dos maestros de excepción: Gil de Siloé, escultor de origen flamenco, y Diego de la Cruz, dorador y policromador.
De su colaboración surgió el célebre retablo del Árbol de Jesé, una composición de filigrana pétrea que representa, en su raíz simbólica, la genealogía de Cristo, y en su lectura implícita, la genealogía de los propios patronos, los Castro.
Así, el mensaje teológico y el deseo nobiliario de eternidad se entrelazan en un mismo lenguaje artístico.
Los sepulcros originales de la familia Castro, ricamente labrados, fueron colocados frente al retablo. En sus escudos —castillos, leones rampantes y bandas en oro y gules— se reconocen las armas de una casa que, desde el siglo XI, había servido a los reyes de León y Castilla y había dado condes, adelantados y obispos.
Del linaje Castro al patronato de los Carvajal.
Con el tiempo, la línea burgalesa de los Castro se extinguió o fue absorbida por otras familias a través de enlaces matrimoniales. En el siglo XVII, el patronato de la capilla pasó a los Carvajal, un linaje también antiguo y de raíces en Baena y Plasencia, que había acumulado méritos en la guerra y en la administración de la monarquía hispánica.
Los Carvajal no solo asumieron el cuidado de la capilla, sino que introdujeron reformas, restauraciones y nuevos enterramientos, convirtiendo el espacio en su panteón familiar.
La transmisión del patronato, frecuente en la época, respondía tanto a lazos de sangre como a intereses de prestigio: poseer una capilla en la Catedral de Burgos equivalía a inscribirse en el corazón espiritual de Castilla.
La unión con los Fernández de Córdoba y los Téllez-Girón.
Durante el siglo XVIII, las casas de Carvajal, Téllez-Girón (duques de Osuna) y Fernández de Córdoba (señores de Aguilar y Baena) se entrelazaron en una densa red de alianzas matrimoniales que buscaban reforzar la posición de sus linajes y asegurar la transmisión de títulos.
De esa fusión nació la línea que, en el siglo XIX, ostentaría el título de Duques de Abrantes, herederos de los Carvajal y, al mismo tiempo, descendientes de las grandes casas andaluzas.
El VIII duque de Abrantes, Ángel María de Carvajal y Fernández de Córdoba y Gonzaga (1771–1839), personifica esa síntesis de sangre y símbolos. Grande de España, caballero de la Orden de Santiago y figura próxima a la corte de Fernando VII, heredó el patronato de la capilla de Santa Ana y dispuso en ella su sepultura y la de sus descendientes.
Su esposa, Manuela Isidra Téllez-Girón y Pimentel, hija de los duques de Osuna, completó así la unión de tres de las casas más ilustres del reino: Carvajal, Osuna y Fernández de Córdoba.
La capilla como panteón de los Duques de Abrantes.
A mediados del siglo XIX, la capilla de Santa Ana fue reconocida oficialmente como panteón de los Duques de Abrantes, según consta en guías histórico-artísticas de la época y en los inventarios del Archivo Capitular de Burgos.
En sus muros y bóvedas, junto a los restos del deán fundador, reposan miembros de las familias Carvajal y Abrantes. Los escudos compuestos muestran ya la evolución heráldica del patronato: los campos de Castro se funden con los de Carvajal, las bandas cordobesas y las armas de los Téllez-Girón, creando un mosaico de linajes que resume cuatro siglos de historia nobiliaria.
Los cronistas decimonónicos, como Antonio Ponz (Viage de España, 1783) y José María Quadrado (Recuerdos y bellezas de España: Burgos, 1846), aún pudieron contemplar los blasones policromados y los epitafios donde se leían nombres de aquellos descendientes.
Quadrado, con su estilo romántico, escribía: “En Santa Ana reposan, bajo las sombras del gótico y el oro, los herederos de las antiguas casas que unieron a Castilla y Andalucía en la nobleza y el servicio”.
Heráldica y memoria.
La heráldica de la capilla de Santa Ana es, en sí misma, un tratado visual de genealogía.
Los escudos de los Castro —castillo y leones— aparecen en las claves originales de las bóvedas; los Carvajal introducen las bandas y los campos de azur; los Fernández de Córdoba, las fajas y borduras doradas propias de los señores de Aguilar y Baena; y los Téllez-Girón, los característicos lobos pasantes de su linaje.
Todo ello forma un repertorio simbólico que narra, a través de la piedra, la historia de los vínculos familiares que sostuvieron el patronato durante siglos.
La iconografía del Árbol de Jesé, en el retablo de Gil de Siloé, cobra así una segunda lectura: no solo la genealogía de Cristo, sino también la genealogía de los patronos, la línea de sangre que, generación tras generación, se inscribía en la catedral como árbol de memoria.
Un espejo de la nobleza hispánica.
La evolución de la capilla de Santa Ana —de los Castro a los Abrantes— refleja, a pequeña escala, la transformación de la nobleza hispánica entre los siglos XV y XIX.
Lo que comenzó como un gesto de devoción personal de un deán burgalés se convirtió en un símbolo de continuidad dinástica, una forma de proyectar en la eternidad la presencia de los linajes más poderosos del reino.
La acumulación de patronatos, títulos y sepulturas en un mismo espacio sagrado muestra cómo las familias nobiliarias consolidaban su autoridad no solo por la espada y la corte, sino también por el culto y la memoria.
El caso de los Duques de Abrantes, con sus raíces en los Carvajal y Fernández de Córdoba, ejemplifica esa fusión de territorios, herencias y prestigios: desde Baena y Aguilar, hasta Burgos y Madrid, la misma sangre noble que reposó en la capilla de Santa Ana cruzó la península en una red de alianzas y mecenazgos.
Conclusión: la capilla como crónica de piedra.
Hoy, al contemplar la capilla de Santa Ana, el visitante percibe más que un conjunto artístico: siente la resonancia de siglos de memoria familiar, la voz silenciosa de los escudos que aún sobreviven en los muros.
El retablo de Gil de Siloé, con su minucioso Árbol de Jesé, sigue desplegando su mensaje teológico, pero también humano: la búsqueda de eternidad a través del linaje, la fe y el arte.
En esa piedra tallada se encuentran —como en un espejo gótico— los nombres de quienes unieron su destino al de la Catedral de Burgos: los Castro, fundadores; los Carvajal, restauradores; y los Duques de Abrantes, herederos de un legado que lleva, entre sus muchos cuarteles, las armas ilustres de los Fernández de Córdoba.
La capilla de Santa Ana no es solo un espacio devocional: es una crónica de piedra donde el arte, la fe y la genealogía se funden en un único lenguaje de eternidad.
Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero. fferyri@gmail.com