EL LAGARTIJO

Rafael Molina Sánchez.

Cuando “Lagartijo” confundió a Gonzalo de Córdoba con el Gran Capitán

Una anécdota sobre fama, memoria y orgullo cordobés

Entre las muchas anécdotas atribuidas a Rafael Molina Lagartijo, pocas retratan mejor su ingenio espontáneo —y también su limitada instrucción, como solían señalar sus contemporáneos— que la célebre réplica en la que confundió a Gonzalo Fernández de Córdoba consigo mismo.

Lagartijo fue, para sus contemporáneos, uno de los grandes nombres de la tauromaquia decimonónica. Su elegancia al matar, la serenidad en la plaza y una técnica admirada durante más de cuatro décadas le dieron una celebridad extraordinaria. Córdoba lo elevó a símbolo local, casi a héroe civil.

La anécdota tiene por interlocutor a Francisco Romero Robledo, político malagueño y admirador del torero. En una conversación, buscando ensalzar a Córdoba, le dijo:

“Yo soy de Antequera, pero reconozco que Córdoba es lo más grande que hay en el mundo. Tres nombres bastan para hacerla inmortal: el de Séneca, Gonzalo de Córdoba y el tuyo.”

La tríada era elocuente:

Seneca, símbolo de la Córdoba clásica;

Gonzalo Fernández de Córdoba, gloria militar universal;

y Rafael Molina Lagartijo, gloria taurina moderna.

Pero Lagartijo, interpretando “Gonzalo de Córdoba” como si se tratara de otro personaje distinto del Gran Capitán, respondió sorprendido:

“¿Y adónde me deja osté al Gran Capitán?”

La gracia del episodio nace precisamente de ese desdoblamiento involuntario. Lagartijo no advirtió que “Gonzalo de Córdoba” y “el Gran Capitán” eran una misma persona. Quiso, paradójicamente, corregir a su interlocutor para añadir a quien ya estaba incluido.

Más que un chiste.

La anécdota suele repetirse como muestra de la escasa cultura libresca del torero, pero contiene algo más interesante: revela cómo el nombre “Gran Capitán” había eclipsado hasta tal punto al nombre propio de Gonzalo Fernández de Córdoba, que para la memoria popular podían parecer dos entidades distintas.

No es un fenómeno excepcional. En la historia española abundan figuras cuya fama descansa más en el sobrenombre que en el nombre: el Cid, el Sansón de Extrmadura, el Gran Duque de Alba, el Empecinado. En el caso del Gran Capitán, el título honorífico acabó absorbiendo a la persona.

Córdoba y sus tres mitos

La observación de Romero Robledo, aunque formulada en tono cortesano, contiene una intuición profunda sobre la identidad cordobesa. Reunía tres formas de inmortalidad:

la sabiduría, representada por Séneca;

las armas, encarnadas por el Gran Capitán;

y el arte popular, personificado por Lagartijo.

Una genealogía simbólica de Córdoba.

No deja de ser significativo que el propio Lagartijo, sin comprender del todo el elogio, reforzara involuntariamente la grandeza del Gran Capitán, como si incluso en el error fuese imposible excluirlo.

Una lección involuntaria.

La ocurrencia del torero terminó convirtiéndose en una pequeña lección historiográfica: los héroes sobreviven no solo por los archivos y las crónicas, sino por cómo el pueblo los recuerda, los simplifica e incluso los confunde.

Y en esa confusión de Lagartijo late una verdad: para los cordobeses del siglo XIX, el Gran Capitán era una presencia tan grande que parecía poder figurar dos veces en una misma lista.

Creación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.

fferyri@gmail.com