
FERNANDO DE CÓRDOVA Y CARRILLO
De entre todos los afamados en esta gran familia de los Fernández de Córdova, en su época existió uno que asombro a Europa entera, el fué a la sabiduría lo que Mozart a la Música, unos le trataron de ANTI-CRISTO, otros de un don de Dios, hoy sería un niño prodigio.
Estoy seguro que pocos lo conocen, estamos hablando de Fernando de Córdoba y Carrillo, en un principio los genealogistas e historiadores no logran saber su filiación familiar, hasta que el padre Ruano, en su Historia de la Casa de Córdova, lo consigna dentro de esta familia.
Fernando nació en Córdoba en 1421, su madre Mayor Alfonso de las Roales y su padre Fernando Alfonso Carrillo, hijo natural del Mariscal de Castilla, I Señor de Baena y de Cabra, por tanto biznieto del I Señor de Aguilar.
Doctor y Maestro en Sagrada Teología, en Derecho, en Medicina y Artes, con dominio profundo de todas las ciencias, especialmente en Filosofía y Metafísica, la Teología y las Matemáticas, que asombró a Italia, Alemania, París y su Universidad, y sin contemplaciones a Europa entera.
Dotado además de prodigiosa memoria, sabía la Biblia entera, era dueño absoluto de cuanto escribieron Santo Tomas de Aquino, Escoto, San Buenaventura, Alberto Magno, Avicenas, Averroes, Alejandro de Alés, Hipócrates, Plantón, Aristóteles, etc.
Conocía, escribía y hablaba a la perfección las lenguas hebrea, griega, latina, arábiga, siriaca y caldea.
Embajador en Roma del Rey de Castilla, discutió en público los más arduos problemas teológicos y filosóficos con los mayores y más cultivados ingenios de su época, y escribió sobre las más altas materias, muchos y variados volúmenes, que hoy en día se conservan en los archivos romanos.
La población estupefacta de tan hondo y tan vasto saber, lo tildó de Anti-Cristo, y muchos creyeron que tenía pacto con el demonio, cuando en realidad era todo lo contrario, de muy joven siguió la Iglesia, su espíritu religioso y su cristiana piedad no fueron inferiores á sus pasmosos conocimientos.
Consta que en 1444, fue recibido por Alfonso V, Rey de Aragón y de Nápoles, en calidad de confesor, siendo el objeto de una recomendación que está publicada en la Epistola principum rermque publicarum ac sapientitum vivorum (Venecia 1574), y se ha reproducido por M. Morel-Fatio en un opúsculo, donde está llamado igual de Séneca en la memora y el ingenio, hasta el punto de parecer que el alma del uno había renacido en la del otro.
La crónica alemana de Newbourg sobre el Danubio, su contemporánea, publicada en 1877, en su tomo II de la Monumental Germania Histórica, inserta una carta que dirigió desde París al Chanciller de Brabante (muy posiblemente Goswin Van de Ryt), en la que se habla de la llegada allí de Fernando de Córdova, como un acontecimiento que tenía en conmocionado á todo París, maravillado de haber visto un hombre joven, de 19 años (en realidad tenía los 23), español de nación, natural del Reino de Castilla y de la Ciudad de Córdoba, tan cumplido en el conocimiento de las artes liberales, de la jurisprudencia, de las ciencias médica, de los decretos y de las Escrituras Santas, cortés en todas las cosas y perfectamente amable y modesto, tan hábil en las artes liberales, que es difícil de creer que Aristóteles haya sabido más que él, tan profundo en el dominio de la metafísica como en el de retórica, que escribe, lee y habla cinco lenguas, polemista consumado, entendidísimo en la música y el canto, compositor él mismo; y que, finalmente, sabe todo lo que es posible saber por la inteligencia y el trabajo, con lo cual unos creen que todo obedece al arte del diablo, otros que es un don de Dios, y algunos piensan que es discípulo del diablo. Jamás –prosigue- se había visto ni oído maravilla semejante; ni se concibe como ha podido leer todo lo que guarda en su memoria. Cuenta la misma crónica que habló en presencia del Rey de Francia, á quien dirigió cierta epístola muy respetuosa excitándole al mantenimiento de la paz; que fue detenido y amonestado por la Universidad, por el Obispo y los Señores del Parlamento de París, y que en una grande asamblea de todos los estudiantes y miembros de la Universidad, que se celebró en San Bernardo, le fueron suscitadas por su rector muchas y difíciles cuestiones, a todas las cuales dio respuesta cortes y modestamente, diciendo que él no era más que un niño ignorante, por lo que fue dejado en libertad, recibiendo muchos honores del Obispo, del Parlamento y de mucho otros Señores. Y concluye la carta referida diciendo que él se marchaba a Alemania, que esperaba que lo viera el Chanciller, y que oiría de su propia boca tales cosas que no podrían menos de causarles gran maravilla.
La envidia universitaria francesa, mal avenida al reconocimiento de su saber extraordinario, proclamó que no solamente él había hecho pacto con el demonio, sino que debía de ser el Anti-Cristo en persona, á la sazón muy anunciado, y llegó hasta escribir al Duque de Borgoña, para cuya corte salió Fernando de París el 14 de diciembre de 1445, preparándolo á toda desconfianza respecto del viajero español; pero él causó allí el mismo justificado asombro, pasando luego a Alemania, donde hubo de encontrarse con el Emperador Federico III, quien, según Juan de Lucena, absorto de su saber, hizo pintar su retrato en la sala de su palacio, y cada vez que entraba en la sala se quitaba el sombrero como delante de un oráculo.
Volvió a Italia sobre el 6 de junio de 1446, dando en Génova, ante cinco mil oyentes, una conferencia notabilísima, en que se discutieron veintiocho cuestiones, propuestas por los doctores de aquella ciudad, y que él resolvió como solía. Y por aquellos entonces se pierde su pista, hasta que reapareció en Roma y al lado del Cardenal Bessarion, de cuya Academia de sabios griegos y latinos formó sin duda parte, y por cuya iniciativa había sido nombrado Sub-Diácono de su Santidad, allí vivió otros 20 años, como se desprende de su epitafio, en la tumba que para su entierro levantó el Arzobispo que fue de Lisboa Jorge de Costa, llamado Alpedriña, Cardenal de la Santa Iglesia desde 1476, que fue grande admirador suyo. Fijando su residencia en Roma en 1480, murió allí 1486, donde se encuentra sepultado en la Iglesia de Santiago de los Españoles (en ella estuvo enterrado ALFONSO XIII).
Celebrándolo de modo desusado Juan de Trittenhein, llamado Triptemio, que le consagró extenso tratado. Más tarde Nicolás Antonio, hace de él larga y buena memoria, en el tomo II Página 319, de la Biblioteca Hispana Vetus.
Las crónicas alemanas, las francesa de Mathieu d’Escouchy y el Journal d’un bourgeois de París (1405-1449), todas sus contemporáneas, contiene cada una un capítulo interesante relativo á su corta estancia en aquella ciudad. Feijóo, en el tomo IV de su teatro Crítico Universal, en los Discursos II y XIV de las Glorias de España, hace memoria de él, llamándole primero hombre prodigioso sobre todo encarecimiento, y luego calificándolo de segundo prodigio del siglo XV, después del Abulense.
Pérez Bayer en una nota de la Biblioteca Hispana Vetus, t. II, pag. 321, publico el epitafio en latín, que ya no existe, del sepulcro de este varón extraordinario:
Murió a la edad de 65 años, en la salud cristiana, en el año del Señor 1486.
Jorge, cardenal de Portugal,
mandó colocar esta inscripción.
Traducido:
«A Dios, el mejor y más grande (D.O.M.)
A Fernando, cordobés, hipodiácono y sumo pontífice, insigne por el conocimiento de todas las disciplinas, cuyo ingenio y elocuencia en el arte de la argumentación asombraron a los centros de saber de todas las naciones.
Varón adornado con todas las virtudes,
ejemplo eminente de modestia y honradez,
que llevó una vida dedicada a los estudios sagrados y literarios, vivió de forma purísima, dejando a la posteridad numerosos monumentos de su saber.»
Fue Caballero de la Espuela Dorada, Confesor del Rey de Nápoles Alfonso V, Subdiácono del Papa Sixto IV y de la Santa Sede Apostólica.
«Aclamado por toda Europa en su tiempo, su memoria yace hoy en el silencio del olvido.»
Fernando de Córdoba y Carrillo fue un prodigio intelectual, dueño de una memoria pocas veces igualada, pero también un hombre de fe profunda, que supo integrar el saber y la piedad en una sola vocación: el servicio a Dios a través del conocimiento. La Europa del siglo XV lo temió, lo admiró y, en algunos casos, lo malinterpretó. Hoy, su figura merece ser recordada no como un mito exagerado, sino como el testimonio verdadero de un sabio universal consagrado al bien.
El asombro de Europa
En el siglo XV, cuando el pensamiento medieval se transformaba lentamente en Renacimiento, surgió una figura singular cuya inteligencia y memoria fotografica asombró a Europa:
el fué a la sabiduría lo que Mozart a la Música, unos le trataron de ANTI-CRISTO, otros de un don de Dios, hoy sería un niño prodigio.
Estoy seguro que pocos lo conocen, estamos hablando de Fernando de Córdoba y Carrillo, en un principio los genealogistas e historiadores no logran saber su filiación familiar, hasta que el padre Ruano, en su Historia de la Casa de Córdova, lo consigna dentro de esta familia.
Fernando de Córdoba y Carrillo, nacido en Córdoba en 1421. su madre Mayor Alfonso de las Roales y su padre Fernando Alfonso Carrillo, hijo natural del Mariscal de Castilla, I Señor de Baena y de Cabra, por tanto biznieto del I Señor de Aguilar.
Doctor en Teología, Derecho, Medicina y Artes, con dominio absoluto de la filosofía y las matemáticas, Fernando poseía además una memoria prodigiosa, capaz de retener íntegramente la Biblia, los tratados completos de Santo Tomás de Aquino, Escoto, San Buenaventura, Aristóteles, Avicena, Averroes y un sinfín de autores clásicos y medievales. Esta capacidad sorprendía no solo por su amplitud, sino por su precisión y rapidez al citar cualquier pasaje o doctrina.
El escándalo de París: entre el genio y la sospecha
En París, centro del pensamiento universitario europeo, su llegada provocó una auténtica conmoción. Tenía apenas 23 años cuando se presentó en la Sorbona y fue sometido a examen público. La Universidad, el Parlamento y las autoridades eclesiásticas, movidos por la envidia y el temor a lo inexplicable, lo acusaron de pactar con el demonio e incluso de ser el Anticristo, creencia reforzada por los rumores apocalípticos de la época.
Convocado a una asamblea solemne en la Abadía de San Bernardo, Fernando respondió con brillantez y modestia a todas las cuestiones planteadas, afirmando que no era más que un humilde aprendiz. Su actitud desarmó las acusaciones, pero no calmó del todo las sospechas de quienes no podían concebir que un joven poseyera tal amplitud de conocimientos sin intervención sobrenatural.
El episodio quedó recogido por crónicas francesas y alemanas, como la de Newbourg, donde se describe cómo todo París se encontraba conmocionado por su presencia.
Ante el emperador Federico III: reverencia ante el saber
Desde París, Fernando partió hacia Alemania. Allí fue recibido por el emperador Federico III, quien quedó tan impresionado por su sabiduría que mandó pintar su retrato en la sala de su palacio, según refiere Juan de Lucena. El gesto del emperador era revelador: cada vez que entraba en la estancia, Federico se quitaba el sombrero como si estuviera ante un oráculo viviente.
Este acto, insólito en un monarca del Sacro Imperio, muestra hasta qué punto el talento de Fernando desbordaba la comprensión ordinaria. Lo que en París había sido recelo y temor, en la corte imperial se transformó en admiración solemne.
“Su memoria prodigiosa causaba admiración y sospecha a partes iguales. Para algunos era obra del demonio; para otros, un don divino. Él siempre lo tuvo claro: su saber estaba al servicio de Dios.”
Sabiduría al servicio de la fe
Frente a las acusaciones infundadas, su vida cristiana ejemplar ofrecía una respuesta serena. Desde joven, Fernando abrazó el servicio a la Iglesia, primero como confesor del rey Alfonso V de Aragón, después como subdiácono de la Santa Sede Apostólica bajo el pontificado de Sixto IV. Lejos de cualquier ambición mundana, dedicó su existencia al estudio, la enseñanza y el testimonio intelectual del cristianismo.
En Roma formó parte del círculo de Bessarion, participando en disputas filosóficas en defensa de la fe frente a corrientes heréticas o neopaganas. Allí, su erudición y su piedad fueron reconocidas por algunos de los mayores sabios de la época, quedando reflejado en las crónicas y en la admiración sincera que le dedicaron autores como Juan de Trithemius y Nicolás Antonio.
Un epitafio para el olvido
Murió en Roma en 1864, donde fue sepultado en la iglesia de Santiago de los Españoles. Su epitafio, hoy desaparecido, recogía la esencia de su figura:
Pérez Bayer en una nota de la Biblioteca Hispana Vetus, t. II, pag. 321, publico el epitafio en latín, que ya no existe, del sepulcro de este varón extraordinario:
Traducido:
A Dios, el mejor y más grande (D.O.M.)
A Fernando, cordobés, hipodiácono y sumo pontífice, insigne por el conocimiento de todas las disciplinas, cuyo ingenio y elocuencia en el arte de la argumentación asombraron a los centros de saber de todas las naciones.
Varón adornado con todas las virtudes,
ejemplo eminente de modestia y honradez,
que llevó una vida dedicada a los estudios sagrados y literarios, vivió de forma purísima, dejando a la posteridad numerosos monumentos de su saber.
Murió a la edad de 65 años, en la salud cristiana, en el año del Señor 1486.
Jorge, cardenal de Portugal,
mandó colocar esta inscripción.
Fue Caballero de la Espuela Dorada, Confesor del Rey de Nápoles Alfonso V, Subdiácono del Papa Sixto IV y de la Santa Sede Apostólica.
Con el paso del tiempo, su nombre fue cayendo en el olvido, injustamente eclipsado por el silencio de los siglos.
«Aclamado por toda Europa en su tiempo, su memoria yace hoy en el silencio del olvido.»
Conclusión
Fernando de Córdoba y Carrillo fue un prodigio intelectual, dueño de una memoria pocas veces igualada, pero también un hombre de fe profunda, que supo integrar el saber y la piedad en una sola vocación: el servicio a Dios a través del conocimiento. La Europa del siglo XV lo temió, lo admiró y, en algunos casos, lo malinterpretó. Hoy, su figura merece ser recordada no como un mito exagerado, sino como el testimonio verdadero de un sabio universal consagrado al bien.
FRANCISCO J. FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y RIVERO
fferyri@gmail.com