H. DETENCIÓN DE UN RATERO.

Tras revisar mis archivos fotográficos me encontré con esta imagen.
Una fotografía, tres rateros y un apellido: reconstrucción de un suceso olvidado en la Sevilla de 1928.
La imagen muestra a tres individuos señalados con números: (1), (2) y (3). Bajo ellos, un pie de foto describe la escena con el lenguaje seco de la prensa de sucesos: “el Huelvano”, “el Velilla” y “el Rubio”, sorprendidos por un policía, “el Sr. Fernández de Córdoba”, cuando intentaban cometer un atraco. No hay fecha. No hay cabecera de periódico. Solo nombres, apodos y un apellido que resuena con fuerza histórica.

Durante mucho tiempo, la fotografía permaneció sin contexto. ¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Quién era ese policía? ¿Cuándo ocurrió el suceso? La ausencia de referencias convertía la imagen en un fragmento mudo del pasado. Sin embargo, como ocurre tantas veces en la investigación histórica, bastaba una pista —un nombre, un detalle— para empezar a reconstruir toda una historia.
El primer elemento clave fueron los apodos: “el Huelvano”, “el Velilla” y “el Rubio”. Su reiteración en distintas crónicas permitió rastrear un suceso concreto en la Sevilla de finales de los años veinte. La coincidencia no era casual. Esos mismos nombres aparecían asociados a un violento intento de atraco en la Alameda de Hércules, uno de los espacios más dinámicos —y también conflictivos— de la ciudad.
La investigación permitió fijar finalmente la fecha: la madrugada del 18 de julio de 1928.
Aquel día, tres individuos —Diego Díaz, conocido como “el Huelvano”; Antonio Vela, alias “el Velilla”; y Manuel Morales Pérez, “el Rubio”— intentaron atracar a un transeúnte. La intervención de un agente de policía cambió el curso de los acontecimientos. El enfrentamiento fue inmediato y brutal. “El Rubio” atacó con arma blanca, asestando varias puñaladas al agente, que resultó gravemente herido en el pecho, la pierna y la cabeza. En medio de la agresión, el policía logró desenfundar su arma reglamentaria y disparar, alcanzando mortalmente al agresor.
Los otros dos implicados huyeron, aunque serían detenidos más tarde.
El agente herido fue trasladado a la Casa de Socorro del Prado, mientras que el herido mortal, “el Rubio”, fue llevado a la de San Lorenzo, donde falleció a las pocas horas. El suceso ocurrió alrededor de las cinco de la madrugada, cuando el policía regresaba a su domicilio tras haber finalizado su jornada como censor en el Gobierno Civil, una circunstancia que añade un matiz significativo: no se trataba de una intervención rutinaria en servicio, sino de una reacción inmediata ante un delito presenciado fuera de turno.
Ese agente ya tiene nombre.
Se llamaba Anastasio Ximénez Fernández de Córdoba.
Nacido en 1893, era hijo de Bonifacio Ximénez Garzón y de María Teresa Fernández de Córdoba y Palomares. Este último dato resulta especialmente relevante, pues explica la presencia del apellido “Fernández de Córdoba”: no procede de la línea paterna, sino de la materna, insertándolo en una tradición onomástica de gran arraigo histórico en Andalucía.
La gravedad del suceso tuvo eco en la prensa de la época. No solo por la violencia del enfrentamiento, sino también por sus consecuencias. Días después, el clima generado por estos hechos provocó nuevas tensiones, como la agresión sufrida por el periodista Joaquín Quiñones, relacionada con la cobertura de los acontecimientos. La figura del agente herido se convirtió así en un elemento central de la narrativa pública del momento.
La fotografía inicial cobra entonces pleno sentido. No es una imagen aislada, sino parte de un relato mayor: el de una ciudad en transformación, donde la delincuencia urbana y la acción policial convivían en un delicado equilibrio.

La escena de los tres rateros, congelada en papel, es el punto de partida de una historia que conduce hasta la cama de un hospital, donde otro documento gráfico muestra al agente convaleciente, rodeado de visitantes.
Anastasio sobrevivió a sus heridas. Su vida se prolongó mucho más allá de aquel episodio, falleciendo en Barcelona en 1985. Entre ambos momentos —la madrugada de 1928 y su muerte décadas después— se abre un espacio biográfico que aún invita a ser explorado.
Lo que comenzó como una simple fotografía sin identificar ha terminado revelándose como un testimonio histórico de gran valor. Una imagen, tres rateros y un apellido han sido suficientes para rescatar del olvido a un hombre y un suceso que, durante casi un siglo, permanecieron ocultos entre papeles y archivos.
Estudio realizado por: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.
fferyri@gmail.com.