H. PEÑA DE LOS ENAMORADOS ANTEQUERA.

La Peña de los enamorados, Antequera (Málaga), foto Internet.

La Peña de los Enamorados: leyenda, historia y linaje
En el corazón de Andalucía, alzándose sobre la vega de Antequera, la Peña de los Enamorados domina el paisaje con su perfil inconfundible. Desde lejos parece el rostro de una mujer dormida, recostada bajo el cielo. Esa forma, tan humana y tan mítica, ha inspirado durante siglos una de las leyendas más conmovedoras de la frontera entre moros y cristianos.
Cuentan que en los últimos días de la Reconquista, cuando aún los estandartes musulmanes ondeaban en las torres de Antequera, unos guerreros sarracenos tomaron prisionero a un joven cristiano de noble porte. Encerrado en una celda del alcázar, el cautivo fue visto por la hija del rey musulmán, quien quedó prendada de su mirada. Entre ambos nació un amor imposible, un sentimiento prohibido por la guerra y la fe, pero tan poderoso que los llevó a planear la huida.
Descubiertos por los soldados del padre, los enamorados corrieron hasta la gran peña que se alza al norte de la ciudad. Perseguidos sin esperanza, treparon hasta su cima, y al verse rodeados, eligieron lanzarse al vacío antes que vivir separados. La roca, dicen, se tiñó entonces del rojo del ocaso, y cada atardecer, cuando el sol incendia sus laderas, el monte parece recordar la sangre y la pasión de aquellos jóvenes.
El poeta humanista Juan de Vilches, natural de Antequera, inmortalizó el mito en su obra De rupe duorum amantium apud Antiquariam sita (Sevilla, 1544), convirtiendo la historia en un símbolo de reconciliación entre culturas. Y es que, según la leyenda, la trágica muerte de los amantes sirvió para poner fin a las hostilidades entre el jefe cristiano y el musulmán, sellando con lágrimas lo que la guerra no pudo resolver con espadas.
Hoy, la Peña de los Enamorados forma parte del Sitio de los Dólmenes de Antequera, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, junto al dolmen de Menga, el de Viera, el tholos de El Romeral y la sierra de El Torcal. Un paisaje donde la piedra guarda memoria de amores, batallas y civilizaciones.

El marquesado y la sangre de los Fernández de Córdoba.
Siglos después, la memoria de aquella roca legendaria quedaría ligada a uno de los linajes más ilustres de la nobleza andaluza: los Fernández de Córdoba.
El Marquesado de la Peña de los Enamorados fue creado por el rey Carlos II en 1679, a favor de Jerónimo Francisco de Rojas y Rojas, heredero de una familia distinguida en la comarca y III señor de la Peña de los Enamorados.
Por línea materna, los Rojas estaban estrechamente emparentados con los Fernández de Córdoba, lo que vinculó para siempre el título con aquel poderoso linaje que dio capitanes, virreyes, cardenales y santos.
El II marqués, Alonso José de Rojas y Fernández de Córdoba, hijo del primer marqués y de Inés Paula Fernández de Córdoba y Fernández de Henestrosa, encarnaba esa unión de casas antiguas: la nobleza de los Rojas y la grandeza de los Fernández de Córdoba, rama de los señores de Almagro y descendientes de los condes de Cabra.
Así, en la historia del título nobiliario se entrelazan las leyendas del amor y la frontera con la realidad genealógica de las casas andaluzas que dominaron la historia de la región. En la Peña, la piedra recuerda la pasión de los amantes; en los archivos, los pergaminos evocan la continuidad del linaje. Y entre ambos, mito y sangre, se funde una misma memoria: la de Andalucía como tierra de amor, honra y reconciliación.
Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.
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