JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y PALOMARES

José María Fernández de Córdoba y Palomares, con sus compañeros del Regimiento de Campaña destacado en Filipinas. Foto familiar.

Hoy narraré la historia de mi abuelo, que como podréis comprobar fue breve pero intensa. No está muy publicada salvo en algunas revistas, como la de la Asociación de Veteranos del Regimiento Córdoba nº. 10 y el Acuartelamiento Cervantes de Granada. Y en internet en Historia Hispánica.

José María Fernández de Córdoba Palomares:

(Loja, 23 de octubre de 1876 – Ceuta, 24 de julio de 1913)

Nacido en Loja, a los pies del Picacho Hacho y la sierra de Alhama, en plena vega del Genil —enclave estratégico de la conquista de Granada, según el propio Fernando el Católico—, José María Fernández de Córdoba y Palomares descendía de una estirpe ilustre, tanto por vía paterna como materna.

Su padre, Gregorio Salvador Fernández de Córdoba y Gaya, fue diputado provincial de Granada y contador de la Fábrica de Tabacos de Sevilla. Por su madre, María Concepción Palomares Orejón, era nieta del abogado Antonio Palomares González del Castillo, varias veces alcalde de Loja.

Por línea paterna, su linaje alcanzaba una dimensión histórica: era descendiente directo de Diego Fernández de Córdoba y Carrillo, Mariscal de Castilla y I Señor de Baena, así como de su esposa Sancha de Rojas y Díaz Palomeque. De ellos nacería la línea que daría origen a los condes de Cabra, emparentados más adelante con la única hija del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.

La herencia familiar no acababa ahí. Por sangre o alianza, José María estaba vinculado a casas nobles como los Pérez Barradas (marqueses de Peñaflor y de Cortes de Graena), a la primera marquesa de Loja, María Concepción Fernández de Córdoba y Campos, sobrina del general Ramón María Narváez y Campos, el célebre «Espadón de Loja». Su linaje se extendía además directamente hacia los marqueses de Algarinejo, Cardeñosa, Valenzuela, condes de Luque y señores de Zuheros.

José María llevó este apellido con honra y responsabilidad. Su niñez transcurrió entre Loja y Granada. El 13 de agosto de 1896, a punto de cumplir veinte años, ingresó como soldado en el Ejército a través de la Caja de Reclutas de la Zona de Málaga nº. 13, siendo destinado al Regimiento de Infantería Extremadura nº. 19. En 1896 fue promovido al empleo de Cabo, en marzo del 97 a Sargento.

Muy pronto conocería el sacrificio del servicio militar, pues en abril del 98 se ofreció voluntario para servir en Filipinas. Aquel destino marcó profundamente su vida. Se presentó en el Regimiento de Campaña destacado en Bulacan y, en pocas semanas, fue asignado al Batallón nº. 9 en Manila, para pasar luego al destacamento de Cabiaco. A partir del 1 de mayo de 1898 participó en operaciones activas en San Fernando de Pampanga y otros puntos de la isla. Combatió en Bacolor, Ángeles, Santo Tomás y Miñales, hasta que fue hecho prisionero el 20 de junio por los insurrectos tagalos.

Su cautiverio en Mogonoy se prolongó durante más de un año. En diciembre de 1899 logró escapar tras provocar un incendio en el campamento enemigo. Durante la huida rescató a varios compañeros y a una dama noble también cautiva. Navegaron de isla en isla hasta reencontrarse con el menguado ejército español. José María se reincorporó al Batallón nº. 12 en Manila y embarcó rumbo a Barcelona a bordo del vapor León XIII.

Por su conducta ejemplar fue condecorado con la Medalla de la Campaña de Filipinas con pasador «Bisayas», la Cruz del Mérito Militar de Plata por su acción en Miñales y la Cruz Roja del Mérito Militar por su valor en la toma de Ángeles. En su hoja de servicios se anotó con justicia: “Valor: acreditado.”

De regreso a la península, su vida siguió ligada al Ejército. En Ciudad Rodrigo (Salamanca) conoció a quien sería su esposa, Serafina Antúnez Plaza, una joven que había sido abandonada al nacer en la puerta de una casa, siendo adoptada por la familia Antúnez. Tuvieron cuatro hijos: Antonio, Francisco, José y Josefina.

La tragedia marcó a esta familia de soldados. Antonio falleció en 1935 siendo Alférez del Batallón San Fernando nº. 1 en Pozoblanco. José murió también como Capitán durante la Guerra Civil, en Teruel. Francisco alcanzó el grado de Teniente Coronel de Infantería, pero casi no lo cuenta al estallarle una granada enemiga en la toma de Madrid. Josefina, conocida como Pepita, contrajo matrimonio con el capitán de Infantería Ernesto Artuñedo, y falleció estando embarazada al poco tiempo.

La carrera militar de José María siguió su curso. En 1910 fue promovido a segundo Teniente de Infantería y destinado al Regimiento Córdoba nº 10, con sede en Granada.

En junio de 1913, el Ejército lo destinó con su batallón a Ceuta, para contener las razias que asolaban la zona tras la toma de Laucien. Su unidad se alojó en el cuartel O’Donnell y, pocos días después, su compañía fue destacada en el Rincón de Medik, con la misión de proteger dos puestos avanzados junto al río Smir.

El 20 de julio escribió, tal vez desde un desabastecido brokao, a su hermano Gregorio una carta premonitoria:

“Esto sigue de mal en peor; las agresiones son cada día más frecuentes… Yo ocupo un punto bien defendido, pero temo que algún día me diezmen a los hombres que han de hacer la aguada y provisiones. Y por más arengas que les doy, estos siempre van muy confiados sin tomar las mínimas medidas de seguridad.”

Tres días después, el 23 de julio se organizó el servicio de aguada y, aunque no le correspondía, José María se ofreció voluntario para acompañar a la patrulla. Recorrieron los dos primeros kilómetros sin novedad. Sin embargo, al llegar al punto de aguada y mientras daba las órdenes oportunas para montar centinelas, se desató una cerrada descarga de fusilería, fue una emboscada como el presagiaba. Un gran grupo de rifeños se lanzo sobre la patrulla. Murieron en el acto un cabo y dos soldados. El Teniente, herido, recogió el fusil de un soldado caído y abrió fuego, abatiendo a varios rifeños y arengando a sus hombres a resistir. Fue alcanzado por tres balas más, una de las cuales le atravesó el pecho.

El destacamento reaccionó y formó columnas de socorro. Al llegar al lugar, los enemigos huían. Entre los cadáveres encontraron al cabecilla rifeño Tulibed, hijo de un jefe tribal destacado.

El Teniente José María Fernández de Córdoba falleció al día siguiente, el 24 de julio de 1913, con 37 años. Fue enterrado en Ceuta, en el cementerio de Santa Catalina, glorieta Norte Izquierda Preferente, tumba nº. 15. No hay constancia de que sus restos hayan sido trasladados jamás a la península.

Por Real Orden de 26 de septiembre de 1913 (D.O. nº. 215), se le concedió el empleo de primer Teniente de Infantería como recompensa al extraordinario mérito que contrajo y al bizarro comportamiento que observó en el combate sostenido dicho día, en el que murió gloriosamente al frente de sus tropas.

Comenzó su vida militar como Soldado, dándole conocimiento de lo que es la vida de la tropa, y poco a poco alcanzó sus dotes de mando llegando a primer Teniente, lo que da una idea de su valentía y amor a la vida militar.

La prensa de la época se hizo amplio eco de estos hechos heroicos. Sin embargo, con el tiempo, cayeron en el olvido. España estaba sumida en negociaciones de paz y tensiones internas.

Sería su viuda, doña Serafina, quien reactivaría la memoria del héroe. Enterada de que el rey Alfonso XIII pasaría por Loja en tren, camino de Alhama de Granada, envió a su hijo Francisco, vestido con su mejor traje, a la estación del tren para entregar en mano una carta al monarca.

«Ante Su Majestad se presenta uno de los hijos del Teniente don José María Fernández de Córdoba y Palomares, fallecido gloriosamente en el río Smir…» Así comenzaba el escrito, en el que se solicitaba la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta distinción que puede ostentar un soldado español. Lucirla es sinónimo de heroicidad: implica ser preguntado cómo se obtuvo, y lleva aparejado un tratamiento honorífico superior al que por rango correspondería.

Nota contextual:

La Cruz Laureada de San Fernando es la más alta condecoración militar española, instituida en 1811 por las Cortes de Cádiz. Se concede exclusivamente por actos de heroísmo excepcional en combate, tras un riguroso proceso de verificación y juicio. No solo simboliza el máximo honor para un soldado, sino que otorga a quien la recibe ciertos privilegios, que alcanza hasta sus nietos. Como tratamiento de “excelencia” (equiparable al de un general) y pensión vitalicia. Su concesión es extremadamente selectiva: durante todo el siglo XX, apenas fue otorgada en contadas ocasiones.

El destino quiso que el rey no descendiera del tren, sino su secretario personal y gran amigo, el II marqués de Viana, don José Saavedra y Salamanca. Francisco, viendo a aquel hombre elegante y bien vestido, pensó que era el propio monarca y le entregó la carta.

El marqués, sorprendido, la leyó y le dijo con calidez al joven:

“Dile a tu madre que no se preocupe. La carta está en manos de persona perteneciente y estrechamente ligado al linaje de los Fernández de Córdoba, y personalmente me encargaré de mantenerla informada sobre el expediente contradictorio para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a tan distinguido militar.”

El marqués cumplió su palabra. Inició correspondencia con doña Serafina, solicitando de nuevo la documentación necesaria tras extraviarse el primer expediente.

Finalmente, el 9 de agosto de 1916, por méritos extraordinarios, le fue concedida la Cruz Laureada de la Real y Militar Orden de San Fernando, de segunda clase, pensionada con 1.000 pesetas anuales.

El Ayuntamiento de Loja, en sesión plenaria, aprobó poner su nombre a una calle y erigir un busto en su memoria. La calle fue ubicada junto al actual consistorio, pero llegada la democracia, su nombre fue sustituido por el de “Zacatín”. Nunca más se recuperó. El busto jamás se erigió.

Con motivo del 500 aniversario de la muerte del Gran Capitán, el Ayuntamiento colocó un monolito conmemorativo con los tres laureados de Loja. No duró ni dos años: fue retirado en silencio, durante la noche, y almacenado en los depósitos municipales.

Pero la voz del cronista oficial de Loja, José Arenas, se hizo escuchar en el Ayuntamiento hasta que de nuevo fue colocado el monolito en su sitio. Sin embargo, la calle con su nombre sigue llamándose Zacatín. Cosas de los políticos.

Como en tantos otros casos, España sigue sin reconocer ni aprender de su historia.

Adquirió su experiencia conociendo a sus soldados como compañeros, y con valor y valentía supo mandar y morir con honor y como héroe, dejando a su patria y a su linaje un ejemplo inmortal.

Fuentes documentales:

Hoja de servicios de José María Fernández de Córdoba y Palomares, correspondencia familiar, recortes de prensa originales y copia del expediente contradictorio para la concesión de la Laureada, en poder de la familia.

Redacción: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero

📧 fferyri@gmail.com