JUANA DE ARIENTOS Y EL JOVEN GRAN CAPITÁN

Juana de Arintero y el joven Gonzalo Fernández de Córdoba.

Año del Señor de 1476. Las trompetas de guerra sonaban a llamada, por todos los campos de Castilla y Andalucía, Alfonso V de Portugal avanzaba por tierras leonesas, mientras los partidarios de Isabel I de Castilla reunían sus fuerzas para resistir

Entre los caballeros que acudieron bajo las banderas del conde de Cabra, Diego Fernández de Córdoba, marchaba también un joven de apenas veintitrés años: Gonzalo Fernández de Córdoba, segundón de su casa, sin imaginar que un día sería llamado Gran Capitán.

En Benavente se incorporó a las huestes otro caballero desconocido: Olivares. Delgado, reservado, pero extraordinario con la lanza.

Gonzalo reparó en él.

En los ejercicios de armas observó su rapidez; en las guardias nocturnas, su prudencia; en las escaramuzas, una valentía casi temeraria.

—Combatís como quien tiene algo que probar —le dijo Gonzalo.

Olivares respondió:

—No peleo por gloria, sino por honra.

En vísperas de la batalla de Toro, ambos fueron enviados a reconocer posiciones portuguesas. Sorprendidos por una patrulla enemiga, lucharon espalda con espalda hasta romper el cerco.

Años después, decí la tradición, que Gonzalo recordaría, que en aquella jornada aprendió que la guerra se gana tanto con valor, como con el apoyo del compañero de armas .

Llegó la gran batalla Toro.

Cuando el choque de caballerías se hizo confuso, Olivares vio a Gonzalo cercado por portugueses y cargó para socorrerlo. En aquel trance una espada rasgó su jubón y reveló que el misterioso caballero era mujer:

Se llamaba Juana de Arintero, una joven que era, según la tradición, el único hijo que le quedaba al señor de Arintero, pues aunque nacida mujer asumió sobre sí el lugar que habría correspondido a un heredero varón. Cuando la guerra llamó a los leales de Isabel I de Castilla contra las huestes de Alfonso V de Portugal, prefirió ir ella misma a la guerra antes que permitir que su anciano padre tomara nuevamente las armas. No fue ambición lo que la movió, sino el deber: defender el honor de su casa, para que el nombre de Arintero no faltase a la llamada de Castilla. Vestida como caballero, montó a caballo y partió al combate, donde la memoria legendaria quiso verla pelear junto a hombres del linaje de la Casa de Fernández de Córdoba.

Gonzalo quedó asombrado, pero no dijo palabra.

Tras la victoria, cuando Juana fue llevada ante Fernando II de Aragón, Gonzalo apoyó el testimonio del conde de Cabra:

—Si Castilla ha vencido hoy, es también por brazos como los suyos.

El rey le concedió por la demostración de su valor, ciertos privilegios al pueblo de Arintero y a su perdona.

Antes de despedirse, Juana entregó a Gonzalo una pequeña cinta bordada con una cruz.

— Guardadla —dijo—. Os traerá fortuna en guerras venideras.

Y cuenta la leyenda que Gonzalo la llevó consigo años después en las campañas de Napoles.

Cuando venció en las batallas de Ceriñola y Garellano, algunos viejos soldados murmuraban que el Gran Capitán llevaba consigo una reliquia dada por la Dama de Arintero.

Verdad o invención, quedó entre los cuentos de armas de la casa de Córdoba una memoria singular: que antes de ser Gran Capitán, Gonzalo combatió junto a una mujer que luchó como caballero.

Juana de Arintero, la heroina leonesa — La Región Leonesa https://share.google/upuEcQxjWgrhWnWfR

Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.

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