LA VOZ DE ALARMA

Imagen I.A.

La voz de alarma en el Garellano.

La palabra “alarma” procede del italiano. Se origina en la expresión “¡al’arme!”, que significa “¡a las armas!”. Como muchas otras voces incorporadas al castellano durante el Renacimiento, se trata de un italianismo adoptado en contextos militares. Para comprender plenamente su origen y significado, la enmarcaremos en un episodio novelado, donde su uso resultó decisivo:

La batalla del Garellano.

Aún no había despuntado el alba del 29 de diciembre de 1503 cuando, entre la espesa niebla del río Garellano, los centinelas del campamento español —centinelas durante el día, escuchas por la noche— lanzaron la voz:

“¡A las armas, a las armas!”.

Las tropas francesas intentaban cruzar el río amparadas en la oscuridad y la niebla, decididas a sorprender a los hombres de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Pero en el ejército español, a la mínima sospecha de ataque, eran los centinelas quienes debían dar el aviso de que el enemigo atacaba. Con ella, mandos y soldados sabían que debían prepararse para el combate sin demora, actuan organizados y automáticamente, pasando cada uno a su puesto de combate, armados y tensionados, con los cinco sentidos puestos en la posible batalla.

Gracias a esa vigilancia constante, al temple y la preparación de los veteranos españoles, nada quedaba a la improvisación, y así se evitó la sorpresa. Al escuchar la voz de «a las arma», todo el ejército se puso en movimiento con rapidez, en silencio y con disciplina férrea. Aquella madrugada fría, húmeda y llena de tensión fue decisiva. Muchos coinciden en que se trata de una de las más grandes victorias del Gran Capitán.

La victoria en el Garellano fue rotunda. Como consecuencia de la previsión táctica, al valor de sus hombres y a la reacción inmediata ante la alerta, las tropas españolas obligaron al enemigo a replegarse y, finalmente, a rendirse. Fue una muestra de que la verdadera grandeza militar no nace de la fuerza bruta, sino de la inteligencia, la disciplina y la serenidad ante el peligro.

El Gran Capitán no era un improvisado. Llevaba el oficio de las armas en la sangre desde su juventud. A los catorce años ya empuñaba la espada junto a su hermano mayor en las campañas contra el Reino de Granada. Creció entre armas, lealtades y estrategias. Cada batalla templó su carácter y afinó su intuición. Por eso, cuando se dio la voz de «a las armas» en el Garellano, no vaciló: ya lo había vivido antes, en otras tierras y bajo otros cielos.

Con el paso del tiempo, aquella expresión de «a las armas, a las armas…», fue abreviada por los propios vigilantes, que comenzaron a gritar simplemente:

“¡Alarma, alarma!”

Así nació la palabra tal y como hoy la conocemos.

Alarma: Señal o voz que indica que el peligro ya está ocurriendo o es inminente, y requiere una acción inmediata y enérgica.

Alerta: Estado preventivo ante la posibilidad de un peligro.

Hoy en día, en el ejército, esa misma voz de alarma se representa con el llamado toque de generala: una señal de tambor o corneta que indica a la tropa que debe armarse y reunirse en un punto designado, habitualmente en situaciones de máxima alerta o emergencia. Es una llamada inmediata a la acción y a la preparación militar. Su sentido permanece vivo, incluso en el lenguaje popular:

“Tengo un gallo en el corral… ¡Socorro, socorro, que me lo quieren robar!”, letra que corresponde a la generala.

Para comprobar la verdadera preparación del ejército, el toque de generala se ordena cuando menos se espera: de noche, en plena celebraciónes o durante maniobras. Siempre está al acecho, para sorprender. Pero al escucharla, cada soldado sabe automáticamente qué hacer, dónde ir y cómo actuar ante el peligro que se presenta.

Y así, una simple voz de «a las armas, alarma..» lanzada en la niebla por un centinela atento y a tiempo, desencadenó una de las más brillantes victorias del Gran Capitán. Porque quienes saben responder con temple al peligro… escriben la historia con victorias.

Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.

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