LOS CUADROS DE DALMAUT

El Gran Capitán en los lienzos de Ferrer-Dalmau.

Las salas estaban en silencio, y de pronto los lienzos comenzaron a hablar. Allí, inmortalizado por la mano de Augusto Ferrer-Dalmau, surgía el Gran Capitán.

En el primero, Ceriñola ardía de pólvora. La tierra se estremecía bajo el galope de la caballería francesa, pero Gonzalo, erguido sobre su caballo, parecía dueño del destino. Sus ojos, fijos en el horizonte, transmitían calma a los soldados que aguardaban tras los fosos. En el lienzo, el instante exacto en que los arcabuceros descargaban sus armas quedaba congelado: una llamarada de fuego y humo, hombres y caballos desplomándose, y, en lo alto, la figura del Gran Capitán, espada alzada, guiando con voz que aún resuena en el aire.

Unos pasos más allá, el río Garellano se extendía en otro cuadro. El invierno italiano mordía la piel, el agua helada se enroscaba en las piernas de los soldados, pero ninguno flaqueaba. Al frente, Gonzalo, envuelto en su capa, señalaba la otra orilla. Su gesto no era de mando altivo, sino de cercanía, como quien dice: “Yo también cruzo con vosotros”. Los estandartes ondeaban en medio de la bruma, y cada pincelada hacía sentir el peso del sacrificio y la esperanza de la victoria.

El recorrido terminaba en un retrato solemne. El campo de batalla quedaba atrás: no había humo ni ruido, solo el hombre. Armadura bruñida, espada en la mano, rostro firme y sereno. Ferrer-Dalmau no lo pintaba como un mito inaccesible, sino como un guerrero que había aprendido a dominar tanto la guerra como a sí mismo. En sus ojos descansaba la memoria de Ceriñola, de Garellano, de todas las jornadas donde España forjó su nombre.

Los cuadros no eran simples pinturas. Eran escenas vivas, latidos detenidos en el tiempo. Y mientras el visitante avanzaba por la sala, sentía que el Gran Capitán cabalgaba todavía, guiando con la misma certeza con la que lo hizo cinco siglos atrás.

Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.

fferyri@gmail.com