
EL MINISTRO QUE SALVÓ A ESPAÑA Y AL QUE BORRARON DE LA FOTO:
El VIII Conde de Oropesa y el verdadero Carlos II.
Durante siglos, la Historia de España ha sufrido un fenómeno peculiar: algunos de sus mejores gobernantes jamás aparecen en los libros de texto, mientras otros —que apenas dejaron algo digno de elogio— figuran como genios providenciales. No es casualidad. La historiografía borbónica, que desde 1700 reescribió la memoria nacional, tuvo un objetivo claro: borrar todo rastro de mérito en la España de los Austrias para justificar la llegada de la nueva dinastía.
Uno de los grandes damnificados de esta operación es, sin duda, Manuel Joaquín Álvarez de Toledo Portugal y Córdoba Monroy y Ayala, VIII conde de Oropesa. El mejor ministro reformista de finales del siglo XVII. El hombre que, sin ruido y sin exhibicionismo francés, dejó a España con superávit, estabilidad fiscal, deflación controlada y un programa económico que hoy se estudiaría en cualquier escuela seria… si no fuera porque “no era borbón, y el que no era borbón no salía en la foto” (Roca Barea dixit).
Pero vayamos por partes.
I. El ocaso español según la propaganda… y la verdad según los documentos.
La imagen tópica de la España de Carlos II —fantasma, decadente, disfuncional— proviene en gran medida de la literatura francesa del siglo XVIII y XIX. Sin embargo, los archivos cuentan otra historia: un reino que, pese a innumerables dificultades, mantuvo su integridad territorial, su sistema fiscal, su estructura jurídica y su moneda estable. ¿Milagro? No. Administración eficaz.
Y detrás de esa administración estaba Oropesa.
Un ministro que en cualquier país normal tendría estatuas.
En el nuestro, un desconocido.
Su llegada al poder no fue casual: Carlos II —lejos de ser un pelele— sabía perfectamente quién valía y quién no. Por eso escogió a Oropesa, de mente fría, cultura sólida y sentido de Estado. Un hombre exigente, disciplinado y capaz de decir “no” cuando muchos cortesanos sólo sabían inclinar la cabeza.
II. ¿Qué hizo realmente el VIII conde de Oropesa?.
1. Control del gasto público.
Mientras Francia, bajo el “glorioso” Luis XIV, arruinaba a su pueblo a base de guerras infinitas y palacios descomunales, Oropesa implantaba en España políticas contrarias:
reducción de gastos superfluos, limitación de sinecuras, auditorías a funcionarios corruptos,
eliminación de duplicidades administrativas.
Sus reformas chocaron frontalmente con los intereses de medio reino. ¿Resultado?. Enemistades. Como siempre en España: gobierna quien hace, no quien roba. Y cuando alguien gobierna demasiado bien, se convierte en peligro.
2. Deflación y estabilización monetaria.
Mientras la Francia del Rey Sol contemplaba cómo sus emisiones monetarias destruían el poder adquisitivo, Oropesa aplicó medidas rigurosas para fortalecer la moneda, reducir la inflación y proteger al consumidor.
Sí: proteger al consumidor. En el siglo XVII.
La ironía histórica es evidente.
3. Superávit. Sí, superávit.
Cuando Felipe V llega a la Corona en 1701 —borbón puro, por tanto, experto en autopromoción— se encuentra con un Estado en superávit. El dato está documentado y reconocido incluso por historiadores poco afectos al Antiguo Régimen.
Pero claro, si lo admitimos, ¿cómo justificamos el “rescate” francés?
4. Orden y modernización administrativa.
Oropesa intentó algo heroico: uniformar criterios, racionalizar el Estado y convertir a España en un país moderno sin copiar servilmente modelos ajenos.
Algo que hoy llamaríamos reformas estructurales.
Algo que en su época equivalía a ganarse enemigos en cada esquina.
III. La caída del mejor ministro: intrigas, presiones y la sombra de Francia.
Si Oropesa fue tan brillante, ¿por qué cayó?
Por tres motivos:
1. La rebelión de los Gatos (1699).
Un movimiento popular manipulado por grupos oligárquicos y, probablemente, con influencia francesa. Fue el desgaste perfecto para neutralizarlo.
2. Portocarrero, el gran intrigante.
Cardenal y máximo exponente del partido borbónico. Su ambición era tal que necesitaba apartar a Oropesa para garantizar que el testamento de Carlos II favoreciera a Francia.
Y lo consiguió.

3. El eterno pecado español: traicionar al que hace las cosas bien Oropesa molestaba.
Reducía gastos.
Fiscalizaba abusos.
En España eso siempre ha sido peligroso.
Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.
fferyri@gmail.com
Capítulo 2-3.
IV. Lo que pensaba Carlos II: la carta que destruye tres siglos de propaganda.
El mito dice que Carlos II estaba enfrentado con Oropesa.
El documento dice lo contrario.
En febrero de 1700, pocos meses antes de morir, Carlos II escribe al VIII conde de Oropesa una carta que debería enseñarse en todas las facultades de Historia:
“He querido decirte aquí la seguridad con que puedes estar de mi satisfacción a tus grandes méritos, y de que en cuanto se ofrezca a tu persona y casa se experimentará lo que siempre te he querido y lo que te estimo.”.
Traducido a lenguaje contemporáneo:
“Gracias por todo lo que has hecho por España.
Confío en ti. Te estimo. Y lamento profundamente tu salida.”.
No lo firma un loco. Ni un títere. Ni un incapaz.
Lo firma un rey consciente, informado y preocupado por su reino.
V. Carlos II, reivindicado.
La carta desmonta otro mito: el de un Carlos II pasivo, inepto y resignado.
Carlos II: sabía perfectamente quién trabajaba con integridad, entendía las reformas, apreciaba a quienes servían al Estado, y lamentaba la presión cortesana que le obligaba a sacrificar a su mejor ministro.
Incluso tras la rebelión de los Gatos —donde Francia tuvo mucho que ganar— el cariño del rey hacia Oropesa se mantuvo intacto.
La carta de 1700 lo demuestra.
VI. ¿Por qué fue borrado Oropesa del relato histórico?.
Porque para justificar el proyecto borbónico había que construir dos ficciones:
Que España estaba arruinada bajo los Austrias.
(Falso: Oropesa dejó superávit).
Que Francia vino a «salvarnos».
(Falso: Francia vino a convertirnos en satélite).
Pero si aceptamos que Oropesa fue brillante, que Carlos II sabía gobernar y que la España de los Austrias aún tenía una enorme vitalidad… entonces el relato borbónico se derrumba.
Así que lo borraron.
VII. ¿Qué hubiera pasado si Oropesa continuaba?.
El “hubiera” no existe… pero la Historia invita a pensar.
No podemos jugar a los what ifs, pero es evidente:
Con Oropesa, España habría entrado en el siglo XVIII con un Estado sólido y una Hacienda saneada.
Su desaparición dejó el campo libre a Portocarrero y al partido profrancés.
Felipe V encontró un país ordenado y, aun así, llevó a cabo una profunda recentralización que destruyó parte del equilibrio institucional heredado.
Oropesa representaba el modelo opuesto: modernizar sin destruir, reformar sin humillar, sanear sin arrasar.
Un camino español frente al camino francés.
VIII. Reivindicar a Oropesa hoy: por qué importa
Reivindicarlo no es nostalgia: es justicia histórica.
Porque España sí tuvo estadistas.
Porque sí supo reformarse.
Porque sí fue capaz de hacer política económica seria.
Y porque el mayor error ha sido dejar que otros —normalmente franceses— escriban nuestra historia.
Oropesa debería estar donde están Colbert o Walpole: en los manuales de referencia europea.
Pero para eso hace falta contar las cosas como fueron, no como las quisieron los Borbones.
IX. Conclusión: el ministro que España necesita recordar.
El VIII conde de Oropesa fue:
el mejor ministro de su época,
el último gran reformador de los Austrias,
el hombre que dejó a España con superávit,
el consejero en quien confiaba Carlos II,
y el ejemplo perfecto de cómo un servidor público puede ser borrado por hacer demasiado bien su trabajo.
Su carta final —la del propio Carlos II— es el epitafio perfecto para una injusticia de tres siglos.
Y también es una advertencia para el presente:
En España, a veces, el mayor delito no es gobernar mal, sino gobernar bien.
Imperó Español de Leyenda.
Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.
fferyri@gmail.com
Capítulo 3-3.
Biografia: Manuel Joaquín Álvarez de Toledo y Portugal y Fernández de Córdoba.
IX conde de Oropesa.
(Pamplona, 6 de enero de 1641 – Barcelona, 23 de diciembre de 1707).
Origen familiar y vinculación con los Fernández de Córdoba.
Manuel Joaquín Álvarez de Toledo fue hijo único de Duarte Fernando Álvarez de Toledo Monroy y Ayala Pimentel y Portugal (†1671), VII conde de Oropesa y virrey de Navarra en el momento de su nacimiento, y de Ana Mónica de Fernández de Córdoba Pimentel y Zúñiga, VI condesa de Alcaudete. El matrimonio, celebrado en 1636, unía dos ramas estrechamente emparentadas de la alta nobleza, pues ambos cónyuges eran primos hermanos, reforzando una estrategia endogámica típica de las grandes casas aristocráticas del siglo XVII.
Por línea materna, Manuel Joaquín se insertaba de manera directa en el linaje de los Fernández de Córdoba, a través del condado de Alcaudete, una de las ramas históricas del tronco cordobés, con prolongaciones en Andalucía, Castilla y la Corte. Esta vinculación no fue secundaria ni meramente honorífica, sino que formó parte del entramado familiar y político que sostuvo su carrera.
Por línea paterna, la proyección internacional del linaje era aún más significativa. Su abuelo, Fernando Álvarez de Portugal Toledo Monroy Ayala, era primo hermano de Juan IV de Braganza, rey de Portugal desde 1640, al ser hijo de Duarte de Portugal, hermano de Teodosio II, VII duque de Braganza. Esta estrechísima relación con la Casa de Braganza marcó profundamente la percepción política de Manuel Joaquín y condicionó tanto su papel en la Corte como las suspicacias que despertó entre sus adversarios, especialmente en el contexto posterior a la restauración portuguesa.
Así, el IX conde de Oropesa se situaba en la intersección de tres grandes tradiciones nobiliarias:
la castellana-cordobesa de los Fernández de Córdoba, la albanesa de los Álvarez de Toledo,
y la luso-dinástica de los Braganza.
Matrimonio y descendencia: integración plena en el sistema nobiliario cordobés
El 27 de julio de 1664 contrajo matrimonio en la iglesia de San Sebastián de Madrid con Isabel Téllez Girón y Pacheco, hermana de Juan Francisco Téllez Girón, conde de la Puebla de Montalbán y duque de Uceda por matrimonio. Esta alianza reforzaba los vínculos del conde de Oropesa con otra de las casas fundamentales del poder cortesano.
Del matrimonio nacieron cuatro hijos, cuyas trayectorias consolidaron la inserción del linaje en el núcleo duro de la alta nobleza hispánica:
1.- Vicente Pedro Álvarez de Toledo y Portugal (1685–1728), X conde de Oropesa desde 1707, caballero del Toisón de Oro en 1712, quien contrajo matrimonio con María de la Encarnación Fernández de Córdoba y la Cerda Aragón Figueroa, hermana del marqués de Priego y duque de Medinaceli. Este enlace supuso una reintegración directa del título de Oropesa en el corazón del linaje Fernández de Córdoba, vinculándolo a la Casa de Medinaceli.
2.- Josefa Antonia de Toledo y Portugal, casada con Manuel Gaspar Alonso Gómez de Sandoval y Rojas, V duque de Uceda, en cuya descendencia recaería posteriormente el condado de Oropesa.
3.- Antonio de Córdoba Portugal Toledo, conde de Alcaudete, coronel de las tropas imperiales, a quien el emperador Carlos VI concedió en 1716 una pensión de 4.000 escudos sobre el reino de Nápoles, prueba del peso internacional de la familia tras la Guerra de Sucesión.
4.- Sor Agustina de Jesús, ingresada en 1699, con tan solo seis años, en el convento de Agustinas Recoletas de Calzada de Oropesa, fundado por su padre en 1674. Fue elegida priora en 1714, encarnando la tradicional proyección espiritual de las grandes casas nobiliarias.
Red clientelar y ejercicio del poder.
A esta sólida red de parentesco, que vinculaba a los Oropesa con las casas de Braganza, Medinaceli, Uceda y Fernández de Córdoba, se sumó una extensísima red de clientelas políticas y administrativas, fundamento real de su poder como primer ministro.
Entre sus clientes y aliados se encontraban figuras de primer orden: el almirante de Castilla, el conde de Aguilar, el cardenal de Córdoba, el asistente de Sevilla Valdehermoso, los obispos Ocampo (Segovia y Plasencia), el arzobispo de Zaragoza Antonio Ibáñez, Juan de Goyeneche, el cronista de Indias Antonio Solís, y otros muchos.
Dentro de esta clientela destacaron de manera especial Fernando Fajardo, marqués de los Vélez, y Manuel Francisco de Lira y Castillo, auténticos pilares de la política reformista de Oropesa.
Fernando Joaquín Fajardo, con experiencia como gobernador de Orán y virrey de Cerdeña y Nápoles, fue presidente del Consejo de Indias y superintendente de Hacienda, desde donde intentó aplicar una política fiscal y administrativa inspirada en el modelo colbertista francés.
Manuel Francisco de Lira y Castillo, introductor de embajadores, embajador en La Haya y secretario del Consejo de Estado para Italia, fue nombrado secretario del Despacho Universal, convirtiéndose en el colaborador más lúcido y eficaz del conde de Oropesa, al articular el poder entre la Casa Real y los Consejos.
Oposición nobiliaria y lucha de facciones.
Frente a este bloque se alzó una coalición de casas nobiliarias rivales, igualmente poderosas, que protagonizaron una auténtica guerra de facciones en la Corte. Entre los principales adversarios del conde de Oropesa se encontraban:
el duque de Arcos,
el cardenal Portocarrero,
el duque de Caminha,
el marqués de Leganés,
Francisco Ronquillo, corregidor de Madrid y animador del motín de 1699,
y Luis de Salazar y Castro, cronista mayor y genealogista, inspirador de numerosos pasquines contra Oropesa.
Esta enemistad entre clanes nobiliarios, sustentada tanto en rivalidades familiares como en alineamientos internacionales (francés e imperial), fue una realidad político-social plenamente asumida por los embajadores extranjeros, que supieron explotarla en beneficio de sus respectivas potencias y que terminó por debilitar decisivamente la posición del IX conde de Oropesa.
Valoración final::
Manuel Joaquín Álvarez de Toledo y Portugal representa, dentro del universo histórico del linaje Fernández de Córdoba, una de las últimas grandes figuras del poder aristocrático de los Austrias, en quien confluyen nobleza de sangre, servicio al rey, ambición reformista y conflicto faccional. Su trayectoria marca el ocaso de un modelo político nobiliario que, aunque derrotado, dejó una profunda huella en la transición hacia la Monarquía borbónica.
Historia hispanica.
Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero.
fferyri@gmail.com