MARÍA MANRIQUE DE LARA

María Manrique de Lara y Figueroa, Duquesa de Terranova, figura orante en el Monasterio de San Jerónimo (Granada).

María Manrique de Lara y Figueroa (c. 1470 – † Granada, ca. 1527), fue una dama de alta nobleza castellana, esposa de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y figura fundamental en la consolidación de su linaje y su legado. A pesar de permanecer en un segundo plano en los relatos históricos tradicionales, su papel como esposa, madre, administradora y promotora del recuerdo de su marido fue clave en la nobleza andaluza y cortesana de los Reyes Católicos y de la primera etapa imperial.

Origen y linaje.

María nació hacia 1470, hija de don Pedro Manrique de Lara, II duque de Nájera, conde de Treviño y adelantado mayor de León, y de doña Leonor de Figueroa, perteneciente a la Casa de Feria. Estaba, por tanto, vinculada a algunas de las más ilustres familias nobiliarias de Castilla, como los duques de Alba y los marqueses de Villena, a través de la poderosa Casa de Lara. Esta ascendencia le otorgaba un alto rango dentro del entramado nobiliario castellano.

Matrimonio con el Gran Capitán.

Tras el fallecimiento de la primera esposa de Gonzalo Fernández de Córdoba, sin descendencia, Gonzalo contrajo nuevo matrimonio con María Manrique, se celebró hacia 1489, probablemente en Granada o Córdoba, coincidiendo con la etapa final de la guerra de Granada. Esta alianza fue un paso decisivo en el ascenso social del Gran Capitán, que con esta unión reforzaba su posición en la corte y en la nobleza castellana.

La pareja tuvo varias hijas, pero sólo una sobrevivió para convertirse en heredera: Elvira Fernández de Córdoba y Manrique, a quien María concertó en matrimonio con Luis Fernández de Córdoba y Zúñiga, IV conde de Cabra. Esta unión consolidó el poder de la familia Fernández de Córdoba en Andalucía, al fusionar las ramas de Aguilar y Cabra, dos de los señoríos más importantes del sur de Castilla.

Administradora, madre y dama de corte.

Durante las prolongadas campañas italianas del Gran Capitán (1495–1507), María quedó a cargo de la gestión de los bienes familiares. Su labor como administradora fue impecable, especialmente en tiempos de incertidumbre política y militar. Se encargó además de la educación de sus hijas y mantuvo una activa vida cortesana, engrandeciendo el prestigio de su marido con su presencia y dignidad.

Cuando Gonzalo fue nombrado virrey de Nápoles, María viajó con sus hijas para reunirse con él en Italia. Sin embargo, aquella dicha fue breve: el recelo del rey Fernando el Católico respecto al creciente prestigio del Gran Capitán provocó su llamada a Castilla para rendir las afamadas cuentas, lo que marcó el inicio de su apartamiento del poder.

Últimos años y memoria del Gran Capitán.

Tras su regreso a Castilla, la familia se estableció en Loja, donde Gonzalo recibió el gobierno local. María acompañó fielmente a su esposo en esta última etapa de su vida, procurando mantener buenas relaciones con la nobleza local y con las instituciones del reino. Estuvo a su lado durante su enfermedad y muerte, ocurrida en 1515, en su casa de Granada, y fue quien organizó con gran entereza sus funerales y respondió personalmente a las numerosas cartas de pésame que llegaron desde toda España e Italia.

Desde entonces, María fue conocida como duquesa de Terranova, en memoria del título napolitano que le había sido otorgado a su esposo. A su hija Elvira la reconoció como duquesa de Sessa, otro de los títulos obtenidos en Italia.

Su principal empeño fue honrar la memoria de su marido con la construcción de un mausoleo digno de su grandeza. Para ello impulsó la edificación del Monasterio de San Jerónimo en Granada, donde se depositarían los restos del Gran Capitán. Se trasladó a vivir a la calle contigua, que con el tiempo pasó a llamarse calle Duquesa en su honor. Durante estos años, se la recuerda como dama de elevada piedad, asidua en los paseos por Granada y cercana a figuras destacadas de la corte, como la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, con quien al parecer mantuvo estrecha amistad.

Además, asumió la tutela de sus nietos, entre ellos Gonzalo Fernández de Córdoba, III duque de Sessa, tras el fallecimiento prematuro de su hija Elvira y su yerno Luis.

Fallecimiento y legado

María Manrique falleció en Granada, en 1527, sin llegar a ver completadas las obras del Monasterio. No obstante, dejó instrucciones testamentarias precisas para su conclusión y para que sirviese de panteón familiar, designando qué miembros de la casa Fernández de Córdoba debían ser depositados allí.

Su figura, ensombrecida por la de su célebre esposo, merece un lugar destacado en la historia de la nobleza castellana del tránsito entre la Edad Media y la Edad Moderna. Fue ejemplo de mujer noble activa, piadosa y consciente de su papel en la construcción de un legado histórico, familiar y arquitectónico que a pesar de las incertidumbres aún perdura.

Para saber más, ver el vídeo del enlace.

Adaptación: Francisco Fernández de Córdoba y Rivero

fferyri@gmail.com