
EL TOQUE DE ORACIÓN
Homenaje a los caídos en batalla. Legado del Gran Capitán
Corría el año 1503. El 28 de abril tuvo lugar la batalla de Ceriñola.
Una vez finalizada, y al observar que el campo de combate estaba sembrado de cadáveres —españoles y franceses por igual, pero todos cristianos—, Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, ordenó que:
“En ese día, y en los sucesivos, a la puesta de sol, se dieran tres toques de atención pronunciados para rezar por los muertos en campaña.”
Este gesto de piedad y respeto por todos es lo que hoy conocemos como el Toque de Oración. Entre los militares se identifica incluso con una letra popular que comienza diciendo:
“Qué malito estoy, qué malito estoy…”
Más de cinco siglos después, las órdenes del Gran Capitán siguen cumpliéndose. Y cada atardecer, tras el arriado de bandera, en todos los establecimientos militares de España, y si prestas atención puedes escuchar el Toque de Oración. Es recibido con el cese inmediato de actividad, adoptando la posición de firme y en primer tiempo de saludo.
Pero esta tradición no se limita a nuestro país. El respeto al soldado caído y la evocación del silencio al final del día se extiende también a numerosos ejércitos del mundo. En países europeos, y especialmente en Estados Unidos —donde se interpreta el célebre Taps con un sentido idéntico de recogimiento—, se honra igualmente a los combatientes muertos con toques de corneta al ocaso.
Esta práctica universal refleja un sentir común: la reverencia hacia quienes entregaron su vida por su patria.
EL CEREMONIAL DEL TOQUE
Cuando el Toque de Oración se realiza en un acto conmemorativo o en homenaje a los caídos, se sigue un protocolo cuidadosamente definido y cargado de solemnidad:
1. Inicio del acto:
Con la formación militar dispuesta y el monolito en un lateral o en frente, los banderines de las unidades se separan de las mismas y avanzan lentamente hacia el monumento a los caídos.
Durante esta marcha solemne se proclama, con voz firme y clara:
“Lo demandó el honor y obedecieron,
Lo requirió el deber y lo acataron,
Con su sangre la empresa rubricaron,
Con su esfuerzo la Patria engrandecieron.
Fueron grandes y fuertes, porque fueron fieles al juramento que empeñaron.
Por eso como valientes lucharon, y como héroes murieron.
Por la Patria, morir es su destino,
Querer a España, su vocación y sino.
No quisieron andar otro camino,
No supieron vivir de otra manera.”
Se depositará una corona de laurel engolada con la bandera de España. Al ser una planta perenne, el laurel representa la eternidad del recuerdo, es decir, que los caídos no serán olvidados, en la antigua roma a los campeones se les coronaba con laurel. Es un tributo visual que alude a que su legado vive.
2. Durante los tres toques de oración:
Comienzan los tres toques lentos y solemnes.
Durante cada toque, los banderines descienden lentamente frente al monolito, inclinados en señal de respeto y duelo.
Simultáneamente, todos los presentes rezan en voz alta y unánime la llamada “Oración del Compañero Perdido”:
“Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza,
en tu palabra confiamos,
con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.”
3. Clausura del homenaje:
Tras el tercer toque, los banderines son alzados enérgicamente, volviendo a su posición vertical.
Entonces, una descarga cerrada de fusilería rompe el silencio en honor a los caídos. El estruendo resuena como un eco de fuego, honor y memoria, marcando con solemnidad el cierre del acto. Ese último disparo simbólico queda grabado en la memoria de los presentes como eterno recordatorio del sacrificio.
LEGADO VIVO
Los Tercios Viejos de Flandes, herederos del legado del Gran Capitán, acogieron también este rezo militar, reforzando los valores de patria, honor y el bien morir. Como expresa otro brindis, el más conocido;
«No os preguntarán por mí, que en estos tiempos a nadie le da lustre haber nacido segundón en casa grande; pero si pregunta alguno, bueno será contestarle que, español, a toda vena amé, reñí, di mi sangre, pensé poco, recé mucho, jugué bien, perdí bastante y, porque esa empresa loca que nunca debió tentarme, que, perdiendo ofende a todos, que, triunfando alcanza a nadie, no quise salir del mundo sin poner mi pica en Flandes. ¡Por España! y el que quiera defenderla, honrado muera.Y el traidor que la abandone, no tenga quien le perdone, ni en Tierra Santa cobijo, ni una cruz en sus despojos, ni las manos de un buen hijo para cerrarle los ojos.
Hernando de Acuña
Para el Gran Capitán, ferviente y practicante católico, el Toque de Oración no era una formalidad: era un acto sagrado de respeto a sus soldados, a sus compañeros, y también un reconocimiento al valor de los enemigos que presentaron batalla y que murieron en el combate.
Hoy, ese mismo gesto sigue uniendo a generaciones de militares, en España y en el mundo, en silencio, con la cabeza descubierta y bien alta mirando al horizonte, y el corazón firme.
Francisco Fernández de Córdoba y Rivero
fferyri@gmail.com